Lisboa
En la escuela, jugábamos en grupo. Recuerdo una vez que ella, sonrojada, gritaba para que termináramos la actividad en grupo, o cuando un balón la golpeó y, desconsolada, comenzó a llorar.
En el colegio, salíamos durante las horas libres. Nos sentábamos en un pequeño bordillo al lado de los salones de clase, y perdía la noción del tiempo. Hablábamos sobre profesores, familia, fiestas y planes a futuro.
Ya graduados, teníamos conversaciones por teléfono hasta el amanecer, sobre nuestras aspiraciones, miedos, absurdos y sueños.
Recuerdo una noche en la que yo le contaba sobre la trilogía de The Darkest Minds, y pensaba que era absurdo que ella me escuchara con tanta atención mientras yo hablaba de un libro de fantasía utópica. Aún puedo ver mi cara, toda emocionada por videollamada, y a ella, toda concentrada.
No éramos indispensables en la vida del otro, pero siempre hubo un pequeño espacio reservado de forma mutua. Una amistad que se siente.
Hasta la última vez que la vi, le gustaba escuchar a Tini, Aitana y Camilo, comer Kinders, tomar milkshakes de Oreo, ayudar a niños pequeños, oír LoFi de vez en cuando y decir alguna palabra con su fuerte acento. Quería viajar a París, Santorini y Cancún.
Recuerdo que una vez nos tomaron una foto juntos, nos abrazamos y dijimos: “Actuemos como que nos queremos”.
La conocí por tanto tiempo, que la vi crecer. Traté de darle soporte en sus momentos más débiles; la admiré en sus momentos más altos. La vi cometer errores y aprender de ellos. La vi volverse más fuerte, evolucionar como ser humano y abrirse su espacio en esta sociedad. Compartimos tanto, que ahora no sé nada de ella.
-antes de morirme- c. tangana ft. rosalía
y muchas otras.



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